De vez en cuando me pasa que siento una adrenalina interna que no puedo controlar, una ansiedad de moverme, de brincar, de buscar nuevos rumbos.
Una energía inexplicable que me hace soñar más allá de lo que puedo visualizar, crear escenarios que no existen, y que me da la oportunidad de explorar mi mente y llenarme de júbilo por lo mucho que podría lograr.
Quiero gritar que todo se puede, que tengo un plan, que veo mi futuro brillar. Quiero ponerme manos a la obra y empezar a construir mi camino. Quiero todo lo que mi mente está visualizando, quiero esa emoción única de nervios y felicidad que mi corazón me da en cada latido.
Quiero tanto para mi futuro y, aunque todavía no me siento lista para tomarlo con los brazos abiertos, quiero hacerlo realidad, quiero vivir a diario estos 5 minutos que acabo de soñar despierta, vivirlos para siempre.
En un mundo donde los minutos se desvanecen tan rápido como el agua entre los dedos, donde las responsabilidades y necesidades no tienen límite, y donde en lugar de vivir plenamente tienes que luchar para sobrevivir, los sueños se van perdiendo, hasta que se convierten en algo místico para muchos, un cuento, algo inalcanzable, una pérdida de tiempo.
En un rincón de nuestra mente, aplastados por el peso de los problemas, del odio y la envidia, se encuentran los sueños, esos diminutos rayos de luz que de vez en cuando nos iluminan, recordándonos que estamos vivos, que estamos aquí para algo más que dormir-comer-trabajar-dormir, que todos merecemos un mundo ideal.
Espero no dejemos de soñar, porque los sueños son el motor de nuestra vida, la chispa que nos renueva la energía, que nos hace ambiciosos. Son la bocanada de aire puro que necesitamos para respirar en los momentos más difíciles.
Sueña, esfuérzate, trabaja, disfruta, sé feliz.
S.
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