Las horas pasan como agua que corre en el río, rápidas y decididas a no detenerse por nada. Cierro los ojos e inconscientemente detengo el tiempo, nada gira a mi alrededor, todo está quieto y en silencio, lo único que sigue latiendo es mi corazón.
Mi mente divaga por un sinfín de caminos que mi cabeza va creando, corre, se detiene, acelera y choca con recuerdos, sentimientos y situaciones que son irreales, pero llenas de verdades, repletas de momentos de mi vida que de alguna forma han dejado huella en mí.
Las yemas de mis dedos ansían tocar algo más que la sobrecama en la que estoy acostada, mis ojos desean ver más allá del techo que me cubre, mi alma está desesperada buscando ese pedacito de vida que me espera afuera de estas cuatro paredes. Y yo, yo estoy en blanco, con mi mundo hecho pedazos.
Un escalofrío recorre mi cuerpo, despierta mis sentidos y abro los ojos. Sigo aquí, en la misma posición que hace una hora, con más sueños por cumplir, más realidades que afrontar y con menos tiempo para vivir.
Si el reloj sigue corriendo, ¿por qué sigo tranquila sin moverme?, si la vida sigue su rumbo, ¿por qué no sigo con la mía?, si sé que todo depende de mí, ¿por qué sigo esperando a alguien que me dé la mano?
Momentos como este me paralizan. Despierta ya.
Sofía.
