No era el gusto por la playa lo que me animó a vivir un mes a menos de 300 metros del mar. Tampoco fue que estaba muy entusiasmada por llenar de arena todas mis cosas, o que me moría de ganas por dormir 3 horas al día. Era la emoción de estar cumpliendo mi sueño.
Creo que en el fondo no estaba consciente de lo que significaba irme un mes de voluntariado, convivir con extraños, dormir en hamaca, cocinar para veinte personas (colaboradores y voluntarios), lavar los baños comunitarios, trabajar día y noche, y lo más difícil, decirle adiós a mi privacidad.
Lo único que sabía con certeza era que por fin iba a poder conocer tortugas marinas, aprender sobre ellas, admirar sus rasgos prehistóricos y ayudarlas a sobrevivir.
Pero no tenía ni la menor idea de la gravedad de la situación en que se encuentran estos reptiles.
De cada mil tortugas sólo 1 llega a la adultez.
La pregunta más difícil que me han hecho este año es: ¿Por qué tortugas?
Es impresionante la cantidad de personas a las que se les hace raro que alguien esté interesado en cuidar y proteger tortugas marinas, y mucho más que se vaya un mes de voluntariado al otro extremo del país para lograrlo.
Pero lo mejor de todo es la cara que ponen cuando les confieso que yo misma busqué el voluntariado en Google, como si fuera algo que jamás pasaría por su mente hacer.
Aunque la decisión de ir a cuidar a estos reptiles la tomé desde hace más de tres años, fue hasta este verano que pude ser parte de un campamento tortuguero, sin saber que cambiaría mi vida para siempre.
Es un poco tarde para dedicar mi tiempo a escribir sobre la experiencia que tuve en agosto, dado que la emoción, el aprendizaje, el miedo, la angustia, los enojos, los malos momentos, los buenos ratos, las decepciones y las risas ya no están a flor de piel, pero créanme que recuerdo todo como si hubiera sucedido ayer.
El campamento de Flora, Fauna y Cultura de México está en Xcacel, entre Playa del Carmen y Tulum, y abarca la protección de tortugas marinas en diversas playas cercanas, como Chemuyil y Xcacelito.
Una calurosa tarde de julio mi hermana me llevó a Playa del Carmen para reunirme con quienes se convertirían en mis mejores amigos tortugueros. Me sentí como en el primer día de clases: cómo te llamas, de dónde eres, habías hecho voluntariado antes, entre otras preguntas.
El campamento estaba conformado por dos palapas, donde dormían aproximadamente diez personas en cada una, y en donde la privacidad no existe. TODOS saben y escuchan todo.
El baño estaba ubicado en otra palapa afuera, tenía 3 regaderas, 2 sanitarios para mujeres y otros 2 para hombres. Ah, y siempre tenías la compañía de los queridos cangrejos ermitaños que vivían ahí.

La primera noche nos encontramos con que los baños no funcionaban, no se podía usar el agua porque estaban arreglando algo.
Fue una bienvenida directa y sincera, ya que en un campamento todo falta y nada está en perfectas condiciones.
Me quise esperar a ver si se solucionaba el problema para poder ir al baño. Pasó una hora, dos horas, se hizo de noche, cenamos, y nosotros seguíamos tal cual habíamos llegado, aguantándonos las ganas y todos sudados del pegajoso calor que hace allá.
La única solución era bañarse e ir al baño afuera.
Había unas regaderas para los turistas, donde van y se quitan la arena, así que como ya era de noche y era imposible que me durmiera sin bañarme, me puse mi traje de baño, saqué mi shampoo, jabón, y una compañera y yo nos aventuramos a la oscuridad de la playa. De repente, a mitad de nuestra ducha van llegando unos carros de turistas (que acudían al ecoturismo, actividad para que conozcan a las tortugas), y nos flashean todas. Claro que al día siguiente los colaboradores sabían y nos comentaban entre risas que qué tal la ducha de ayer y sobre que los turistas nos vieron enjabonarnos y todo. Súper primer anécdota de novatas.
Entre palmas y maleza, busqué el lugar ideal para ir al baño y justo a mitad del asunto, a la señora naturaleza se le ocurre dejar caer la lluvia, tupidita y helada. Ahí veían a Sofía, tratando de subirse rápido el traje de baño, tropezándose con las patas de gallo en la arena mojada e intentando averiguar cuál camino de todos era el que daba al campamento. Así fue mi segunda bienvenida a la playa. Lo único que faltaba era perderme en mi primer día.
En agosto llegamos 14 voluntarios, algunos de Ciudad de México y Guadalajara, un chavo de Francia, una chava de Estados Unidos, y otra chava y yo de Coahuila. Desafortunadamente, para la primera semana ya se habían ido casi la mitad, por asuntos personales, problemas del campamento y de algunos tortugueros. Al final del mes sólo quedamos siete.
Y es que ser un tortuguero no es cosa sencilla, realmente te tiene que apasionar la naturaleza, el cuidar de animales, tener la disposición de aprender, y sobretodo, buena actitud.
El voluntariado funcionaba así:
Todos los días había diferentes equipos de cocina y limpieza. A unos les tocaba tener listo el desayuno a las 11:00am y la comida a las 2:00pm, recogiendo y limpiando lo utilizado en el proceso. A otros les tocaba barrer la interminable arena que entraba a las palapas y asear los baños con lo que encontraras disponible para limpiar. Cada quien era responsable de preparar su propia cena antes de las 8:30pm, hora en que salíamos a patrullar. También te tenías que dar el tiempo de hacerte un pequeño aperitivo para sobrevivir toda la madrugada, y llevarte tu botella de agua. Lo mío eran panes con crema de cacahuate todas las noches. Soy fan, me acabé dos botes en todo el mes.
Si dejabas algún plato sucio te podían poner una multa, lo cual significaba que tendrías que hacer la comida al día siguiente, barrer, lavar los baños o capturar los datos de los formatos en la computadora todo el día.
Cada noche patrullábamos la playa de 8:30pm a 6:00am, de lunes a domingo, excepto en tu día de descanso.
A mi punto de vista, el patrullaje fue lo mejor de toda la experiencia tortuguera.
Te preparas psicológicamente que no vas a dormir en toda la noche, desde que te pones tu camiseta oficial y entras en un dilema de si ponerte shorts, que son más cómodos; o pants, para que no te dañen los aletazos de las tortugas. También considerabas la opción de un pantalón, u otra cosa más gruesa, para que los zancudos no te coman.
La verdad es que era un momento de estrés todo el pre-patrullaje, el no saber tampoco si llevarte suéter o no, porque igual y hace más frío a eso de las 3 o 4 de la madrugada, y si no, ahí vas cargándolo por toda la playa. Si llevarte el impermeable o no. Un tremendo caos. Llueve 5 minutos y vuelve a llover en una hora, o llueve media hora pero de esa que no te deja ni ver, que está heladisíma, que te duele cuando pega, combinada con el viento y la arena. Además, resultaba imposible caminar rápido y medir a las tortugas cuando lo traías puesto. Dios se compadezca de nosotros en esos momentos en que tenías que caminar bajo la lluvia con los tenis mojados, pozos enormes en la arena a cada 50 metros, y con el sinfín de estacas que no se alcanzan a distinguir si no hay luz de luna. Sí, me caí varias veces por tropezarme con las estacas, sigo teniendo la marca de una en la pierna.
Las estacas son tablas de madera que pintábamos de blanco y enterrábamos a dos cuartas del nido para indicar que ahí había uno y así tuvieran cuidado los turistas al pasar. Poníamos datos como el número de estaca, la fecha, la especie, la zona de la playa en que se encontraba y si el nido era in situ o reubicado.
En mi opinión, las noches son la verdadera atracción del voluntariado. Caminar kilómetros en la arena, con el cielo estrellado, la luna encima de ti, el sonido del mar y la oscuridad total, sin poder usar linternas, observando cada pequeño movimiento en el mar y en la playa, esquivando nidos y pozos. Únicamente usábamos la luz roja de la linterna cuando íbamos a medir y a checar la tortuga.
En México llegan a anidar 6 de las 7 especies de tortugas marinas que hay en el mundo.
A la zona que abarca el campamento, en Quintana Roo, llegan 2 de esas 6 especies. Las conocidas comúnmente como «blanca» y «caguama», y científicamente como Chelonia Mydas y Caretta Caretta, respectivamente.
El patrullaje consistía en recorrer las playas en busca de estas tortugas. Lo importante era caminar entre el zargazo y el mar, ya que a esa altura podíamos distinguir mejor los rastros que dejan las tortugas cuando salen del mar y suben a la playa. Además, si caminamos más arriba es probable que nos topemos con alguna tortuga que está subiendo o bajando y la asustemos, se vaya y no logre desovar.
Una vez que ves el rastro tienes que averiguar qué tipo de tortuga es. Lo primero es ver cómo es la forma de las marcas en la arena, ya que cada especie se arrastra distinto, después sigues el rastro y llegas a la tortuga, despacio y sin hacer ruido, te acercas para verla bien. Dependiendo si es una blanca o una caguama, determinas cuánto tiempo falta para que desove. (Todo esto te lo enseñan en un curso de 2 días previo a tu primera noche de patrullaje).
La cosa estaba así: ves una tortuga, defines qué especie es, te fijas en que zona de la playa está, checas la hora y calculas en cuantos minutos tienes que volver para alcanzar a verla desovar y poderla medir. Y así con todas las tortugas que van llegando. El problema es cuando empiezan a desovar varias al mismo tiempo y tienes que correr de un lado a otra a medirlas antes de que regresen al mar.
El momento perfecto para medir a una tortuga varía. Me di cuenta que cada campamento maneja distintas técnicas para saber cuándo medir y marcar la tortuga, pero lo importante es hacerlo cuando está en trance, es decir, cuando está desovando, así es menos probable que se moleste y no te deje medirla ni marcarla.
En los formatos pones cuánto mide de largo, de ancho, si tiene mutilaciones en las aletas o el caparazón, si tiene deformidades y si tiene marcas. Éstas son pequeñas láminas que les insertan en las aletas la mayoría de las instituciones y asociaciones al cuidado de tortugas alrededor del mundo. Te puedes llegar a encontrar tortugas que han estado en Europa, América del Sur u otros países. Es una manera de estudiarlas, de saber a dónde van y cada cuantos años regresan.
Las blancas tienden a desovar más alejadas del mar, son más tardadas porque hacen camas enormes, créanme, una vez se nos perdió un nido en una cama que parecía cráter y tardamos una hora encontrarlo. Las caguamas son más rápidas, hacen su nido más cerca del mar y menos profundo. Cada una desova aproximadamente 120 huevos por noche.
En una noche pueden llegar a desovar desde solamente 4 tortugas hasta más de 80, varía en cada temporada.
Durante ese mes de voluntariado tocó que pasó cerca el huracán Earl. Un dato importante: si al nido de tortuga le entra agua y se mojan los huevos, éstos se echan a perder. De buena suerte en Xcacel no subió tanto la marea y no hubo muchas pérdidas, la mayoría de los nidos sobrevivieron.
Ahora, las crías son cosa de otro mundo.
No hay mayor pasión por la vida que la energía y las ganas con que las tortuguitas salen de sus nidos para adentrarse por primera vez al mar. Cómo unos pequeños cuerpecitos, que miden menos del largo de los dedos de tus manos, tienen la fuerza de subir 60 cm hasta la superficie de la arena.
Imagínense 120 crías, eclosionando al mismo tiempo, una encima de otra, luchando contra la arena, la presión de los demás huevos y miles de objetos de plástico y basura que invaden las playas.
Cuando asoman su cabeza por primera vez al mundo, abren sus ojos rodeados de granitos de arena, y aletean fuerte y rápido para salir del nido. Y de repente, te das cuenta que se guían por las vibraciones del sonido del mar. Ves como sus cabezas voltean hacia él , observas su ansiedad por tocar el agua. Admiras su insistencia por arrastrarse hasta allá, sin importar qué tan lejos están, qué obstáculos hay, si hay enemigos cerca o si es muy poco probable que lleguen con vida al mar en esa hermosa tarde de verano.
La mayoría de las crías suelen salir de sus nidos desde el atardecer hasta la madrugada. Cuando salen en la tarde es cuando corren más riesgo, ya que son presa fáciles para las aves y otros animales con los que se pueden topar. Incluso aún antes de que nazcan corren peligro. En todas las playas los nidos son saqueados no solamente por los mapaches o tejones, hay personas que todavía se dedican a robar huevos de tortugas, ya sea para alimentarse o venderlos.
Para los que tienen la duda si es verdad que las tortugas regresan a la playa donde nacieron, sí, es verdad. Las tortugas tienen unas placas magnéticas en donde graban el lugar donde nacieron, por lo que es importante dejarlas recorrer un buen tramo en la arena cuando vayan al mar para que puedan conocer la playa donde nacieron y regresen una vez que estén listas para desovar.
La mejor hora para que hagan su viaje al arrecife, donde se alimentan por primera vez desde que salen de los cascarones, es en la noche. Al menos en el campamento así nos lo indicaron. Cuando nos tocaba que un nido eclosionaba en la tarde, poníamos a las tortuguitas en un recipiente grande y las tapábamos con una manta oscura para que durmieran, hasta que se hacía de noche y las liberábamos en el mar.
En mi primera noche de patrullaje me tocó liberar a una tortuguita albina, lástima que son de las que menos probabilidad tienen de sobrevivir porque suelen salir con alguna deformidad. La mía tenía solamente un ojo y la mandíbula chueca. Fue la única en todo el mes.
Otra de las cosas que hacíamos era la limpieza de nidos en las playas del campamento y en playas vírgenes.
Era una actividad hermosa y devastadora, en mi opinión. Desde mi primera noche estuve apunto de llorar de emoción, tristeza y horror. Limpias los nidos cuando las crías ya salieron a la superficie, empiezas a escarbar los 60cm aproximados de profundidad que tienen, hasta que te encuentras con los cascarones de los huevos ya eclosionados. Una que otra vez llegas a encontrar a una tortuguita viva tratando de salir, y se te quiere salir el corazón por la emoción de ver a esa pequeñita todavía luchando por vivir, la última de todas, la más fuerte. Pero también te topas con los huevos enteros que no se formaron, ya que en algunos nidos más de la mitad de las tortugas no pudieron nacer por alguna razón desconocida. También te encuentras con tortugas que murieron asfixiadas en el intento de salir, y no falta la que nació incompleta y no pudo sobrevivir.
Pero lo peor: encontrar nidos repletos de gusanos.
Sí, gusanos. Había algunos en que los gusanos invadían completamente a las crías, veías como penetraban el cuerpo de la tortuguita, cómo se movían en la arena. En el primer nido que limpié liberé cerca de 80 crías, me encontré con más de 20 huevos no eclosionados, una tortuga muerta y todo lleno de gusanos. Les juro que quería vomitar. Es importante destacar que la limpieza de nidos era sin guantes y no faltaba la vez que sin querer reventabas un huevo podrido con tu uña y el olor te duraba días.
Después de la primera semana encontré unos guantes en mi botiquín y los llevaba conmigo a todas partes.
Mi único pensamiento al limpiarlos era que si no lo hacía alguna cría podría morir atrapada, que quizá una tortuguita estaba viva entre puros gusanos tratando de comérsela, en que yo era su única salvación y que ella podría ser la 1 de mil que sobreviviría y se convertiría en adulta.
En fin, durante el día también teníamos que hacer recorridos en la playa para checar los nidos, si había alguno que eclosionó o que saquearon, y limpieza de playa. Te podía tocar a las 6 de la mañana o a cualquier hora del día. Gracias a esos recorridos me di la bronceada de mi vida.
En los ratos libres que llegáramos a tener podíamos disfrutar del cenote y la playa, con el agua tan transparente que podías ver tus pies.
O podías aprovechar el día para lavar tu ropa y dormir, porque dormir tres horas al día más de una semana te empieza a pesar. Digo tres horas porque de verdad todos en el campamento están en movimiento desde las 9 de la mañana, no importaba si después del patrullaje tuviste recorrido y regresaste a las 8. Si llegabas a dormir más de tres horas era lo mejor que te podía pasar.
Tengo tantos recuerdos de mis días como tortuguera que no terminaría de escribirlos, pero esto es sólo una parte de la increíble experiencia que es ser voluntaria y ayudar a esta especie en peligro de extinción.
Mi corazón se quedó con las miles de tortugas que liberé en verano, las que ayudé a desovar y en las que encontré paz y tranquilidad al verlas a los ojos.
Conocí a personas tan especiales, enamoradas del mundo, apasionadas por la vida, deseosos de hacer la diferencia. Gracias a ellos tuve la mejor experiencia, sin esos amigos no hubiera sobrevivido un mes en el campamento, que fue una maravilla y una tortura en muchas ocasiones.
Presencié malos tratos a estos reptiles pero también bastante esperanza de un futuro mejor para ellos.
Me quedo con la espinita de conocer las demás especies y seguir haciendo voluntariado aquí en México y en otros países.
Regresé a mi casa feliz y contenta, con el corazón más grande que nunca, con nuevos amigos, con recuerdos inolvidables y con muchas ganas de compartir mis días de tortuguera con todos.
Sofía.



























