Jugando con el tiempo nos volvimos inmortales, dejamos de lado las reglas, las costumbres, las etiquetas. Compartimos mucho más de lo que recuerdo. Noche tras noche, confesando nuestros secretos, inundando nuestra mente, invadiendo nuestros corazones. Perdimos la vergüenza. Caminamos entre minas dispuestas a hacernos volar juntos, llevándonos lejos del mundo. Cada día nos acercábamos a lo que tanto temíamos y queríamos.
El roce de su brazo junto al mío era la gloria. Me ponía la piel chinita y mi sonrisa no dejaba de asomarse. La risa era nuestra escapatoria a todas las emociones que nos llenaban el alma. Presentíamos todo. Sabíamos que íbamos a caer muy pronto y aún así nos dejamos llevar por el viento.
Como amigos comenzamos como amantes terminamos. Así de simple, así de complicado. No tenía sentido hacerse a un lado, negar la química entre lo dos, el buen rato que nos hacíamos pasar el uno al otro. Tan jóvenes, tan llenos de adrenalina, tan llenos de curiosidad. La casualidad pasó a ser parte de los planes.
Fue tan natural, tan correcto. Que los dos olvidamos que era pecado. Cuando caímos en la cuenta, el silencio se apoderó de nosotros. Todo había cambiado. Cruzamos los límites, rompimos las reglas y no había vuelta atrás. Habíamos despertado nuestros deseos más intensos y nuestros pensamientos más profundos.
Alto como el cielo. Divino como la fruta más deseada.
Era un juego, pero jugábamos con fuego.
Me convertí en su esclava sin saberlo. Él era todo lo que yo quería, aunque yo no era lo que él necesitaba.
Él me abrió el alma y la mente. Me hizo ver el valor de muchas cosas en la vida. Me acompañó en los momentos en que más lo necesitaba. Compartimos mañanas, tardes y noches, así como sueños, fracasos y éxitos.
Extraño todo lo que solíamos ser. Aquellas personas deseosas de encontrarse, de salir, de compartir. Con ganas de vivir juntos aquellas experiencias únicas, creando recuerdos inolvidables. Extraño todo. Cada mirada, cada sonrisa, cada discusión. Extraño a aquél hombre que un día se acercó, lleno de curiosidad sobre mí, impaciente por conocerme más, y sin saberlo me cambió la vida.
S.
