Tantos edificios, puentes y tráfico.
Escuchar a diario un ambiente tan carente de naturaleza, lleno de gritos ignorantes y pervertidos, pitos de carros, construcciones.
Sentir el aire contaminado, sucio.
Eso y muchas cosas más hacen que perdamos poco a poco el amor hacia nuestro mundo. La naturaleza se destruye día a día. No se escucha el canto de los pájaros. No se ven parvadas. No se escucha el silencio del día. Y lo peor de todo es que poca gente se da cuenta de eso.
Estamos tan metidos en nuestra rutina diaria, el trabajo, las tareas, los compromisos sociales, el internet, las películas, que no extrañamos el olor que desprende una hoja de árbol cuando la tocas.
No queremos ensuciarnos las manos, la ropa al estar junto a un río, al explorar los bosques, los ranchos. Nos estamos olvidando del verdadero mundo. Lo estamos convirtiendo en un mundo artificial donde ya no sabes si las verduras y frutas fueron producto de la naturaleza o de los científicos.
Un mundo de plástico.
Sofía.
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